Automaldición

 

El Dr. John, un gran teólogo, descubrió que la bendición de Dios es causativa, porque Su causa es bendecirnos. La maldición no es Su causa, sin embargo, es lo que sucede cuando alguien se sale de la bendición.
Por ejemplo, el hijo pródigo estaba en su casa rodeado de comodidades, riquezas, sirvientes, buena ropa, comida, un buen padre y un hermano. Mas un día le pidió a su padre todos los bienes, y se fue. Todo lo que le había sido dado lo malgastó con rameras, y finalmente terminó comiendo algarrobas con los cerdos.
Él vivía en la bendición, y ¿quién lo maldijo? ¿El padre? Por supuesto que no. Él se maldijo a sí mismo. Cuando decidió regresar, comprendió cómo era el corazón de su padre que estaba esperándolo para restaurarlo. 
Dios no necesita que nos enfermemos para sanarnos, sino estaríamos dando crédito a que Dios maldice. El libro de Gálatas dice que Dios nos redimió de toda la maldición de la ley.  Él no está obligado a hacer el mal, pero sí a permitirlo si uno activa la maldición. Esto no es para tener miedo, sino para ser consciente de lo que es la maldición.
Si dejamos entrar la maldición a nuestra vida, Dios se verá obligado a permitirle pasar también. Si creemos que la vejez es para nosotros, envejeceremos. Si creemos que las enfermedades son para nosotros, enfermaremos, Él las dejará pasar. Lo mismo sucede con la pobreza. No podemos dejar nada malo en nosotros, porque de esta forma trasmitiremos una herencia de maldición a toda nuestra descendencia.
Adán y Eva fueron engañados en el subconsciente, y es allí donde está el problema. Hay padres que enseñan a sus hijos a enfermarse y le dicen: “Abrígate, que te vas a enfermar”. Sin querer lo está maldiciendo. Cuando le hablamos a un niño, y pensamos que en el consciente no entiende, en su subconsciente se está haciendo un registro de ese mensaje. El diablo le enseñó todo a Adán, paso a paso, porque ya no tenía comunión con Dios.

Todos, antes de conocer a Cristo, subconscientemente creíamos que para ser felices teníamos que trabajar duro, y al mismo tiempo, que el trabajo envejece. Pero en la simbología bíblica, la Iglesia de Jesucristo es como el águila, y ella rejuvenece. Debemos limpiar el subconsciente, ¿y cómo lo logramos? Con la Palabra de Dios:
“Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios, para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te intimo hoy, que vendrán sobre ti todas estas maldiciones, y te alcanzarán” (Deuteronomio 28:15).