El poder de las palabras

 

Cuando Caín nació, el diablo pensó que él sería el redentor del mundo, el que lo heriría y pisaría su cabeza. ¿Qué hizo entonces con él? Las Escrituras nos dicen:
“No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, justas” (1 Juan 3:12).
Desde el día que Caín nació perteneció al diablo. A causa de que Eva le puso por nombre “envidia”, Caín creció envidioso, con celos, y entonces pasó a ser posesión de Satanás.
La lengua es poderosa, y el diablo conoce el poder de las palabras. Caín no fue poseído por el diablo cuando él fue grande, sino en el momento en que su madre lo dio a luz.
Cuando Eva estaba en el dolor del parto, recordó lo que Dios le profetizó, y en ese momento  maldijo al niño poniéndole un  nombre de maldición.
De esa manera, con su boca le concedió al diablo la posesión de Caín. Por eso, cuando usted le dice a algún niño que es un inútil, lo está llevando a la posesión del diablo. El diablo sabía que Eva estaba embarazada. Pero si ella no maldecía a su hijo, él no hubiese podido tocarlo.
Hay que tener cuidado cuando se habla, porque lo que uno dice se cumple. Lo que necesitaba el diablo para poseer a Caín era que alguien abriera la boca o hablara mal, maldiciendo. Eso es lo que el diablo necesita para tenernos atados. Mas si cambiamos nuestra manera de hablar y confesamos que cada día nos irá mejor, Jesucristo será quien nos posea.
El diablo conoce el poder de la palabra hablada y la potencia que tiene lo que declaramos. Pero lo que él no advirtió era que detrás de Caín venía Abel. Por un lado, se apoderó de Caín mientras que Dios hacía lo propio con Abel, que por ser un hombre espiritual era mayor que su hermano carnal.
Siempre que el diablo busque una forma para poseerlo, Dios tendrá una mejor. En este caso, el nombre de Caín también simboliza a la mente carnal, lo natural. Por el contrario, Abel simboliza lo espiritual. Aquí se plantea la lucha entre la carne y el espíritu.

La Biblia nos cuenta que Caín, la carne, llevó una ofrenda. Dios no hace diferencias entre personas, aunque en esa oportunidad marcó una gran disparidad, y el motivo fue la fe de Abel. Dios no califica ni cuantifica la ofrenda de Caín, pero sí lo hace con Abel, ya que Él ve con agrado su ofrenda. Siempre que nos acerquemos a Dios debemos hacerlo presentado nuestra ofrenda (Génesis 4:2-7).
La maldición estaba sobre Caín, pero lo más impactante es que Dios le siguió hablando. A pesar de que el semblante de este hombre decayó, exteriorizando todo lo que había en su corazón, Dios le marcó su pecado rechazando su ofrenda por no tener una conciencia de bendición.
La ofrenda representa la vida de la persona, y él necesitaba entregar su vida como ofrenda. Caín debía agradar a Dios, y la única manera de hacerlo era por medio de la fe. Sin embargo, en vez de cambiar su actitud frente al enfado de Dios, él continuó con su conciencia de maldición.